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Volver con quien te hace daño no siempre es amor: a veces es miedo a estar solo, dependencia emocional y una idea equivocada de pareja.

¿Por qué vuelves una y otra vez a relaciones que te hacen sufrir?

Hay personas que terminan una relación, juran que esta vez será diferente y, unos meses después, vuelven a estar exactamente en el mismo lugar: discusiones, celos, ansiedad, llamadas constantes, miedo a perder al otro y una sensación cada vez más incómoda de no saber vivir sin esa persona. Lo curioso es que muchas de ellas saben perfectamente que aquella relación les hace daño. No necesitan que nadie se lo explique. Lo han sufrido en primera persona. Aun así, regresan.

La pregunta interesante no es por qué vuelven con alguien que las hace sufrir. La pregunta es qué encuentran en esa relación que les resulta más soportable que la alternativa: estar solas. Ahí aparece una de las claves de la dependencia emocional. No siempre se permanece junto a alguien porque se le quiera profundamente. A veces se permanece porque la ausencia de esa persona provoca un miedo todavía mayor que el sufrimiento que produce tenerla cerca.

Y ese miedo no aparece de la nada. Durante años hemos recibido una idea bastante peligrosa sobre el amor: nacemos incompletos y necesitamos encontrar a alguien que nos complete. Las películas lo han contado con música, atardeceres y finales felices. La publicidad lo ha convertido en producto. Y muchas personas han terminado creyendo que una vida sin pareja es una vida incompleta.

El mito de la media naranja

La idea de la media naranja parece inocente hasta que empieza a dirigir nuestras decisiones. Si existe una persona destinada a completarnos, entonces estar solos significa que todavía no hemos encontrado a la correcta. Y cuando creemos eso, cualquier relación puede adquirir una importancia desproporcionada.

Una discusión deja de ser una discusión y se convierte en la amenaza de perder al amor de nuestra vida. Una ruptura deja de ser el final de una relación concreta y empieza a sentirse como el fracaso de nuestra propia existencia. Una persona que nos trata mal puede convertirse en alguien a quien debemos recuperar a cualquier precio porque nuestra mente ya no está defendiendo una relación: está defendiendo la fantasía de no volver a estar solos.

La contradicción resulta bastante evidente cuando se observa desde fuera. Alguien puede pasar meses sufriendo por una pareja, llorando, desconfiando, comprobando el teléfono, soportando desprecios y viviendo en permanente tensión. Cuando finalmente consigue terminar, el dolor de la separación puede hacerle idealizar precisamente aquello de lo que quería escapar.

«El amor inmaduro dice: “Te amo porque te necesito”. El amor maduro dice: “Te necesito porque te amo”.»
— Erich Fromm

La frase de Fromm señala una diferencia fundamental. Necesitar a una persona no demuestra necesariamente que exista un amor extraordinario. Puede demostrar que hemos colocado sobre ella una responsabilidad que no le corresponde: hacernos sentir completos, seguros, valiosos o acompañados permanentemente.

Quien necesita que otra persona le garantice su bienestar emocional termina entregándole un poder enorme. Su estado de ánimo depende de un mensaje, de una llamada, de una mirada, de una respuesta que tarda demasiado o de una explicación que no llega. El teléfono móvil se convierte entonces en una especie de pequeño oráculo doméstico. Si suena, tranquilidad. Si permanece en silencio, comienza el infierno.

Cuando la ansiedad se disfraza de amor

Existe una confusión especialmente peligrosa: interpretar la intensidad emocional como profundidad amorosa. Una relación llena de celos, reconciliaciones apasionadas, discusiones interminables y posteriores momentos de euforia puede parecer mucho más intensa que una relación tranquila.

Pero intensidad y calidad no son sinónimos.

La persona dependiente puede llegar a interpretar los conflictos como una prueba de amor. Si su pareja se enfada porque ha hablado con otra persona, quizá lo interprete como interés. Si controla dónde está, puede llamarlo preocupación. Si exige respuestas inmediatas, puede pensar que simplemente necesita sentirse querida. Poco a poco, conductas que deberían generar alarma empiezan a convertirse en supuestas demostraciones de afecto.

Algo parecido ocurre después de una discusión. Llega la reconciliación, aparecen las promesas, vuelve el contacto físico y durante unas horas parece que todo está solucionado. Esa sensación de alivio puede ser tan intensa que el cerebro termina asociando conflicto y recompensa. La relación se convierte en una montaña rusa emocional en la que cada caída hace que el siguiente momento de calma parezca extraordinariamente valioso.

Ahí está una de las razones por las que algunas personas regresan una y otra vez. No regresan solamente a la persona. Regresan también al alivio que sienten cuando recuperan temporalmente su atención.

Si quieres profundizar en este tipo de patrones, resulta especialmente relacionado leer sobre por qué siempre te enamoras del mismo tipo de persona tóxica. Repetir una elección no significa que exista una especie de maldición sentimental. Significa que probablemente hay algo en nuestra forma de elegir, interpretar o tolerar las relaciones que todavía no hemos examinado.

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El verdadero miedo no siempre es perder a la pareja

Muchas personas dicen tener miedo a perder a su pareja cuando, en realidad, tienen miedo a encontrarse consigo mismas cuando la pareja desaparezca.

El silencio de una casa puede resultar insoportable para alguien que lleva años evitando escucharse. De repente desaparecen las discusiones, los mensajes, las reconciliaciones y las preocupaciones. Queda tiempo. Mucho tiempo. Y en ese espacio aparecen preguntas que antes podían mantenerse ocultas: ¿quién soy cuando no tengo pareja?, ¿qué quiero realmente?, ¿qué hago con mi vida?, ¿por qué necesito tanto que alguien me quiera?, ¿qué estoy intentando evitar?

La soledad tiene mala fama porque suele confundirse con abandono. No son lo mismo. Estar solo significa no tener compañía en un momento determinado. Sentirse abandonado significa interpretar esa ausencia como una prueba de que no somos suficientemente importantes para nadie.

Una persona puede vivir rodeada de gente y sentirse profundamente sola. También puede estar sola en casa y sentirse perfectamente en paz. La diferencia no está únicamente en el número de personas que hay alrededor, sino en la relación que mantenemos con nosotros mismos.

En este punto resulta interesante aprender a ser más independiente, porque la independencia emocional no consiste en dejar de necesitar a los demás. Consiste en poder querer a alguien sin convertirlo en el responsable de nuestra estabilidad.

«El corazón tiene razones que la razón no conoce.»
— Blaise Pascal

Pascal ayuda a entender otra dificultad del problema: saber algo intelectualmente no significa ser capaz de actuar de acuerdo con ello. Puedes saber que esa persona no te conviene y seguir queriéndola. Puedes reconocer que la relación es destructiva y sentir un deseo enorme de volver. Las emociones no desaparecen porque una conclusión racional sea correcta.

La cuestión consiste en dejar de utilizar ese sentimiento como una orden.

¿Por qué elegimos lo que ya conocemos?

Existe otro detalle que suele pasar desapercibido. Las personas no siempre buscan lo que les hace bien; muchas veces buscan lo que les resulta familiar.

Si alguien ha aprendido a asociar el amor con la incertidumbre, puede interpretar la tranquilidad como falta de pasión. Si ha vivido relaciones en las que tenía que esforzarse constantemente para obtener atención, quizá una pareja estable le parezca aburrida. Si ha confundido los celos con interés durante años, una persona respetuosa puede parecerle demasiado distante.

Así se produce una paradoja bastante cruel: aquello que podría hacerle bien no le provoca la misma emoción que aquello que conoce.

El problema no está únicamente en encontrar una pareja diferente. También está en convertirse en una persona capaz de elegir de otra manera. Mientras una persona necesite intensidad para sentirse querida, probablemente seguirá sintiéndose atraída por relaciones que generan intensidad. Cambiar de pareja sin cambiar el criterio de elección solo modifica el nombre del problema.

Aquí encaja especialmente bien la estafa del amor romántico, porque cuestionar el modelo aprendido de pareja permite observar algo incómodo: quizá no estamos buscando amor, sino la sensación de que alguien nos necesita para sentir que nuestra vida tiene valor.

El problema de convertir a la pareja en refugio

Una pareja puede ser compañía, apoyo, intimidad, complicidad y una fuente extraordinaria de bienestar. Lo que no puede ser es una solución permanente para todos nuestros conflictos internos.

Cuando una persona convierte a su pareja en refugio absoluto, comienza a pedirle cosas imposibles. Necesita que la tranquilice cuando siente inseguridad, que le confirme continuamente que la quiere, que elimine sus dudas, que cure sus heridas anteriores y que garantice que nunca volverá a marcharse.

Ninguna persona puede asumir semejante función sin acabar agotada.

La relación se transforma entonces en una negociación permanente alrededor de la ansiedad. Uno necesita confirmación y el otro tiene que proporcionarla. Uno teme perder y el otro debe demostrar constantemente que se queda. Uno controla y el otro se defiende. Después llegan las discusiones y, tras ellas, nuevas promesas. El sistema puede mantenerse durante años precisamente porque ambos terminan adaptándose a él.

Salir de ahí exige asumir una responsabilidad que no siempre resulta agradable: nadie viene a completar aquello que nosotros nos negamos a trabajar.

Esto no significa culpabilizar a quien sufre dependencia emocional. Significa devolverle capacidad de decisión. Y esa diferencia es enorme. La culpa paraliza; la responsabilidad permite actuar.

Amar sin necesitar que alguien te salve

Una relación saludable no elimina la soledad. Hace que la soledad deje de parecer una amenaza.

Cuando una persona aprende a estar consigo misma, puede elegir pareja desde otro lugar. Ya no necesita aceptar cualquier relación para evitar el vacío. Puede marcharse cuando existe maltrato, desprecio o incompatibilidad. Puede decir que no. Puede tolerar que alguien se enfade. Puede soportar una ruptura sin interpretar que su vida ha terminado.

Entonces el amor cambia de naturaleza.

Ya no consiste en agarrarse desesperadamente a alguien para no caer. Consiste en compartir la vida con una persona que no tiene la obligación de sostener nuestra identidad. Se puede necesitar compañía sin necesitar salvación. Se puede echar de menos sin perderse. Se puede amar profundamente y, al mismo tiempo, comprender que una relación no debe comprarse al precio de nuestra tranquilidad.

Si este problema aparece repetidamente en tu vida, quizá merezca la pena mirar más allá de la última pareja y preguntarte qué patrón estás repitiendo tú. Las señales de que tu relación de pareja está agotada emocionalmentepueden ser evidentes cuando se observan desde fuera y mucho más difíciles de reconocer cuando estamos emocionalmente implicados.

También puede ayudarte aprender a decir NO y establecer límites, porque una relación sana no se construye solamente sabiendo querer. También exige saber hasta dónde estamos dispuestos a llegar y qué comportamientos no estamos dispuestos a aceptar.

La tranquilidad comienza cuando dejamos de pedirle a otra persona que llene todos nuestros espacios vacíos. No necesitamos convertirnos en seres autosuficientes que jamás necesitan compañía. Necesitamos algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, bastante más difícil: poder elegir estar con alguien sin sentir que nuestra vida se derrumba cuando esa persona se marcha.

Quizá entonces entendamos algo que el cuento de la media naranja nunca nos explicó. No estamos buscando a alguien que nos complete. Estamos buscando a alguien con quien compartir una vida que ya hemos aprendido a sostener.

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