¿Y si preguntarnos si existe Dios fuera menos importante que preguntarnos cómo estamos viviendo? Una reflexión sobre muerte, culpa y responsabilidad.
El problema de creer que siempre habrá otra partida
Hay preguntas que parecen tan grandes que consiguen ocupar toda una vida. «¿Existe Dios?» es una de ellas. Ha provocado guerras, conversiones, dudas, libros, discusiones familiares y noches enteras mirando al techo. También puede convertirse en una pregunta cómoda, porque mientras intentamos resolver un misterio que quizá nadie pueda demostrar de forma definitiva, dejamos sin responder otras cuestiones bastante más incómodas: ¿qué estoy haciendo con mi vida?, ¿qué responsabilidad tengo sobre mis decisiones?, ¿qué haría diferente si supiera que no existe una segunda oportunidad?
No hace falta tener una respuesta sobre Dios para que estas preguntas tengan sentido. Tampoco hace falta negar una creencia religiosa para hablar de responsabilidad. El problema aparece cuando una determinada interpretación de la vida futura empieza a funcionar como un aplazamiento permanente. Si existe otra vida, ya habrá tiempo. Si existe un premio, el sufrimiento actual tendrá compensación. Si existe un castigo, alguien terminará haciendo justicia. Y mientras tanto, la vida que tenemos delante puede quedarse esperando.
La metáfora de la consola resulta incómoda porque funciona demasiado bien. Cuando juegas y pierdes una partida, reinicias. El personaje muere, aparece otra oportunidad y vuelves a intentarlo. La muerte forma parte de las reglas, pero no tiene el mismo peso que en la vida real porque sabes que puedes empezar otra partida.
Ahí aparece una idea que merece más atención que la discusión sobre si existe o no existe Dios: vivir como si esta vida importara. No porque haya que convertir cada día en una fiesta, sino porque nuestras decisiones tienen consecuencias reales. La forma en que tratamos a una persona, el trabajo que aceptamos, el miedo que toleramos, la relación que prolongamos o el límite que nunca ponemos van construyendo nuestra experiencia mientras estamos aquí.
«No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho.»
— Séneca
La frase de Séneca sigue siendo incómoda porque no habla de la muerte como un problema lejano. Habla del uso que hacemos del tiempo disponible. Podemos discutir durante décadas sobre lo que ocurre después de morir y, al mismo tiempo, desperdiciar una parte considerable de lo que ocurre antes.
El miedo a la muerte puede esconder otra cosa
A veces decimos que tenemos miedo a morir cuando, en realidad, tenemos miedo a no haber vivido como queríamos. No siempre es lo mismo. La muerte puede despertar angustia por lo desconocido, por la separación de quienes queremos o por la desaparición de nuestra propia conciencia. Son temores profundamente humanos. También puede poner delante de nosotros una pregunta que preferimos evitar: si supiera que mi tiempo es limitado, ¿seguiría viviendo exactamente de esta manera?
Ya no estamos intentando resolver el misterio del universo, sino examinando nuestra propia conducta. Hay personas que temen muchísimo morir y, al mismo tiempo, llevan años viviendo de una manera que les hace desear que llegue el viernes, las vacaciones, la jubilación o cualquier otro momento futuro en el que, supuestamente, empezará la vida de verdad.
El problema no está en tener planes. Está en convertir el presente en una sala de espera. El futuro puede ser una dirección; no debería convertirse en una excusa para no estar realmente en el lugar en el que estamos.
Sobre esta cuestión existe una reflexión relacionada en Memento Mori: Por qué pensar en la muerte te ayuda a vivir mejor, porque recordar la muerte no tiene por qué producir oscuridad. Puede producir perspectiva. Cuando sabes que algo termina, empiezas a valorar de otra manera aquello que tienes delante.
La culpa también puede convertirse en una forma de dependencia
La dificultad aparece cuando la culpa deja de servir para reconocer un error y empieza a convertirse en una identidad. «He hecho algo malo» puede conducir a reparar. «Soy una mala persona» puede conducir a esconderse, castigarse o buscar algún mecanismo externo que permita sentirse absuelto.
Aquí la responsabilidad adquiere una importancia enorme. Responsabilizarse no significa castigarse. Significa reconocer que nuestras decisiones son nuestras, incluso cuando las circunstancias no dependen de nosotros. Esta diferencia permite pasar de la culpa estéril a la conducta concreta.
Si has cometido un error, puedes pedir perdón. Si has elegido mal, puedes cambiar de criterio. Si has permanecido demasiado tiempo en una situación que te hacía daño, puedes decidir marcharte. Ninguna de esas acciones necesita una recompensa sobrenatural para tener valor. Reparar una consecuencia ya es una consecuencia suficiente.
Quien quiera profundizar en esta diferencia puede consultar Cómo superar las creencias limitantes y el curso Deja de sentirte culpable por todo. Nuestras creencias también determinan qué consideramos posible o inevitable.
Cuando esperamos que el universo haga nuestro trabajo
Existe una versión moderna de la vieja idea de la providencia que aparece constantemente en las redes sociales: «El universo te devolverá lo que haces», «todo sucede por algo», «si está destinado para ti, llegará» o «la vida pondrá a cada persona en su sitio». Son frases tranquilizadoras porque convierten una realidad compleja en una historia sencilla.
El problema es que una historia sencilla puede ser una mala guía para tomar decisiones. Las personas buenas sufren. Las personas injustas pueden prosperar durante mucho tiempo. Hay decisiones acertadas que terminan mal y decisiones absurdas que salen bien por pura casualidad. La vida no tiene la obligación de ofrecernos una narración moralmente ordenada.
Aceptar esto no significa volverse cínico. Significa dejar de esperar que una fuerza externa corrija aquello que nosotros podemos corregir. Si alguien te trata mal, quizá no aparezca ninguna lección cósmica que lo transforme. Tendrás que decidir qué límites poner. Si odias tu trabajo, quizá el universo no coloque mágicamente otro empleo en tu camino. Tendrás que preparar una salida. Si has cometido un error, quizá nadie venga a rescatarte de sus consecuencias.
La Dicotomía del control: la regla de oro para eliminar el estrés innecesario conecta directamente con esta idea: no controlamos todo lo que sucede, pero sí podemos ocuparnos de nuestra respuesta y de nuestras decisiones.
Vivir sin garantías también es una forma de libertad
Existe una paradoja interesante. Cuando una persona deja de esperar garantías absolutas, puede empezar a sentirse más libre. Ya no necesita saber que todo saldrá bien para actuar. Puede aceptar que una decisión termine mal y tomarla de todos modos porque considera que es la decisión correcta.
Esto cambia incluso nuestra relación con el fracaso. Si pensamos que cada pérdida debe esconder una recompensa futura, podemos terminar negociando constantemente con la realidad: «esto tiene que servirme para algo». A veces sirve. Otras veces simplemente perdemos. Aceptar una pérdida sin convertirla inmediatamente en una historia bonita también forma parte de madurar.
La vida adulta exige convivir con la incertidumbre. No sabemos cuánto tiempo tendremos ni qué relaciones, proyectos o planes terminarán antes de lo previsto. Podemos prevenir algunas cosas y tomar mejores decisiones, pero no controlar el resultado completo.
Eso hace que asumir la responsabilidad sea más importante, no menos. En Aprender a lidiar con el fracaso y la adversidad aparece precisamente esa cuestión: la adversidad no necesita tener una explicación cósmica para enseñarnos algo sobre nuestra manera de responder.
«No obres como si fueras a vivir diez mil años.»
— Marco Aurelio
Marco Aurelio no estaba proponiendo vivir con angustia permanente. La idea es mucho más sobria: dejar de actuar como si el tiempo fuera infinito. Cuando una persona cree que dispone de oportunidades ilimitadas, puede aplazar indefinidamente una conversación, una decisión, un cambio o una reconciliación.
Entonces, ¿existe Dios?
Puede que sí. Puede que no. Y puede que nunca dispongamos de una certeza que satisfaga a todo el mundo. Esa pregunta seguirá siendo legítima, fascinante y profundamente personal.
La cuestión que quizá merezca ocupar un lugar todavía más incómodo es otra: si mañana desaparecieran todas mis explicaciones sobre Dios, el destino, el karma, el universo y las recompensas futuras, ¿seguiría sabiendo cómo quiero vivir hoy?
Esa pregunta elimina muchas excusas. No permite culpar a las circunstancias de absolutamente todo, ni esperar que una fuerza invisible venga a ordenar nuestra existencia. Tampoco obliga a abandonar la espiritualidad. Una persona creyente puede asumir plenamente su responsabilidad y una persona atea puede delegar su vida en supersticiones modernas. El problema no está necesariamente en creer; está en utilizar las creencias para evitar hacerse cargo de la propia vida.
Hay algo poderoso en aceptar que nadie va a venir a jugar por nosotros. No porque estemos solos frente al universo, sino porque nuestra parte sigue siendo nuestra. Elegimos, actuamos, nos equivocamos, reparamos, perdemos y volvemos a decidir.
Quizá la pregunta más importante no sea «¿Existe Dios?», sino «¿qué estoy haciendo con la vida que tengo mientras intento averiguarlo?». Aprender a decidir sin garantías es también el propósito de Aprende a tomar decisiones.
Si existe una respuesta después de la muerte, llegará cuando corresponda. Mientras tanto, esta partida está ocurriendo. Y esta no admite botón de reinicio.
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